Confesión

Abandoné a mis hijos

los dejé así

de cuajo

uno por uno borré los nombres que les puse

cuidadosamente

los dejé quietitos

despiertos todavía de ilusiones apretadas

 

Lo primero en desaparecer

fueron sus voces

risitas profundas

siguieron los ojos

¿eran coloridas las pupilas?

 

Abandoné a mis hijos

señor Juez no me querían

los dejé

tiraditos ahí

doctor estaban enfermos los mocosos

y no dormían

no dormían nunca

entonces decidí dejarlos

de día se me prendían pidiendo

de noche

despabilados señor Juez

 

Le confieso que los quería sí

esos chicos infernales

tan pequeños mis chiquitos

eran buenos usted viera

y los dejé ahí

solitos los dejé

entretenidos, vio?

pa que después no vieran

pa que después no digan

señor Juez, entiende?

abandoné a mis hijos

pa que no dolieran.

Devoluciones

La tierra que soñaste

escribiendo paredes

o las baldosas

de un barrio popular

y los abrazos

en patios amplios

para las panzas llenas de chicos

en las plazas

de las ollas repletas de pan

y las madres

el trabajo

el fútbol

los trenes

industriales máquinas

del presente

que imaginaste

moriste

defendiste

 

ya son

hermano

ya son.

(Este poema integra la obra colectiva “Habitar el grito. Poesía y memoria en La Perla”, un libro maravilloso que comenzó a gestarse en el invierno de 2012, en extensas rondas de mates compartidos, convidados por el Grupo de Poesía Pan Comido, la gente del Espacio para la Memoria La Perla y los compañeros de Derecho a la Cultura (UNC).  Se presentó en la cálida tarde del 23 de marzo de 2013, a 37 años de la última dictadura. Pura vida que florece, después de tanta muerte).

Imagen

(“Los poetas”, acrílico sobre tela de Fabio Egea).

Por obligación

Si yo tuviera que escribir por obligación

intentaría un folletín de horror,

crimen y castigo por entregas

o una novela con amores incestuosos y

suicidios tramados como filigranas.

Si tuviera que cantar por obligación

remozaría algún viejo aire español

para desafinar hasta el delirio.

Si por obligación tuviera que sembrar legumbres

plantaría bulbos y ofrecería

solemnes ensaladas de azucenas.

Si me obligaran a reir mostraría la lengua

y haría carantoñas con los pies.

Si me obligaran a estudiar historia

me abalanzaría hacia la tuberculosis de Nefertiti

y la lascivia de Napoleón.

Si por obligación tuviera que amar

lloraría todo el día

entre bombón y bombón.

 

Si tuviera en fin, que soñar por obligación

estructuraría estrictas pesadillas amatorias.

Frankenstein y yo.

Armando Bo y yo.

La Prince Kalender et moi.

Frigerio Rogelio y la que suscribe.

Por ahora tejo guirnaldas

para mis mórbidos brazos.

(Kato Molinari – 1972)